J’ai deux amours. Mon pays et Paris

Era la madrugada del 25 de diciembre de 2016 y tres mujeres se encontraban combatiendo el frío y el sueño en el aeropuerto de Heathrow de Londres. Esas tres mujeres éramos mi hermana Andrea, mi amiga Melissa y yo. Esperábamos nuestro vuelo a París que saldría hasta las 9 de la mañana. En algún momento de planear nuestro viaje a Europa, decidimos que era una buena idea ahorrarnos una noche de hotel e irnos directamente de la fiesta de navidad a París. Alerta de Spoiler: No era una buena idea en absoluto. Así que ahí estábamos en una trifecta de desvelo, borrachera y resaca, con el rímel corrido, abrazadas la una a la otra en el suelo del aeropuerto.

Dormimos lo que pudimos y cómo pudimos, turnándonos para vigilar las maletas. Los ojos se me cerraban cada tanto, pero trataba de recordar la voz de mi papá: «No pierdan de vista las maletas, no las quiero ver de protagonistas en Alerta aeropuerto » .

Nos subimos al avión y empiezo a llenarme de esa anticipación emocionante que produce irse a conocer un nuevo mundo tan distinto al tuyo. Mientras veía por la ventana y esperaba el despegue, me sirvieron el café más amargo y quemado que he probado, pero no me importaba: estaba por volar a París… París, ¡París! J’ai deux amors. Mon pays et Paris.

Llegamos a Charles de Gaulle. Ahí nos detienen al entrar y nos empiezan a hablar en francés. Ni nosotras entendíamos por qué nos habían detenido, ni a ellos parecía importarle que lo hiciéramos. Finalmente, una de las policías nos señala los pasaportes. En el mío y de mi hermana está la visa peruana que, por cierto, es diferente a cualquier otra visa peruana. Tuvimos la suerte — es decir, la mala suerte — de que el día que fuimos a tramitarla se había acabado el papel de impresión, en su lugar, hay una estampilla que utilizaba antes la embajada. Los policías comprueban esto por teléfono seguramente, porque después de un rato, nos entregan los pasaportes y nos dejan pasar. Antes de dejarnos ir, la policía que nos ha señalado la estampilla me dice en un español casi perfecto: Siempre quise ir a Machu Pichu. «Miren quién se da a entender ahora », pienso.

El primo de mi amiga Melissa ha quedado de ir por nosotras al aeropuerto, pero no aparece. Cuando se logra comunicar, nos explica que necesita que salgamos del aeropuerto porque hay alerta de bomba en el metro y no puede llegar hasta la estación que se detiene ahí. Empezamos a caminar y no tenemos una idea de hacia dónde dirigirnos. Con la experiencia de los policías y la amenaza de bomba, nos sentimos un poco — bastante — intimidadas de preguntar nada. Nos llama al rato y nos dice que volvamos al punto de encuentro original, que ya se ha reactivado el transporte. Nos deja en la estación más cercana de nuestro hotel y nos orienta, con todo el atraso ya tiene que regresar a trabajar.

Nos hospedamos en el Hôtel Clairefontaine en la Rue Fermat, lo escogí porque está cerca del cementerio de Montparnasse y quiero visitar la tumba de Cortázar, lo que no sabía es que queda lejos de todo lo demás. Ese día no lo visitamos porque todo está cerrado en navidad — no lo pudimos pensar antes—. Como pronto va a anochecer y no hemos comido nada, decidimos mejor caminar hasta la Torre Eiffel y cenar con un picnic de vinos y quesos. Quién me habrá hecho tanto daño para pensar que hacer un picnic, en una noche de pleno invierno europeo, es un concepto romántico.

Debe ser la noche más fría de París, pienso mientras caminamos. La verdad, es probable que no lo fuera, pero mi país es cálido todo el tiempo y con toda sinceridad, en ese preciso momento, tenía el derecho a proclamar que lo era. Llevamos abrigo, pero al frío no le importa, no respeta, se mete por debajo del abrigo y nos enchina la piel. Mi pelo ya parece un témpano de lo tieso, la nariz está roja de tanto moquear y los dedos se me van a quedar planos y pálidos de tanto apretarlos para no pensar en el frío. Aun así, caminamos hasta una tienda y compramos vino y quesos.

Seguimos caminando. Mi mente, mi cuerpo y sobre todo mi estómago empiezan a lamentarse: tengo frío, tengo hambre, me duelen los pies, tengo sueño, tengo miedo, tengo hambre otra vez. Son un concierto de quejas, un niño berreando. Nadie habla para decir lo que todas estamos pensando: nos hemos perdido. Nos detenemos en cada mapa que encontramos. No hay una sola alma a la que preguntarle en las calles. El único que sigue recorriendo la ciudad a esta hora, en esta noche, es el Río Sena. Y nosotras.

Empieza a emanar un olor de él. Me inunda esta desilusión tan grande. Ese rumor que había oído de que París apesta es verdad. Encima de todo vemos correr dos ratas del tamaño de perros, bajan las escaleras dirigiéndose al metro. No nos atrevemos a abordarlo y mejor seguimos caminando. Estamos de mal humor, las ideas dejan de ser buenas y cualquier palabra es motivo de pelea y sarcasmo. Ya ni hablamos. Debemos ser las únicas personas quejándose de estar en París. Pienso en Londres, en lo fácil que fue Londres, en por qué no me quede en Londres.

—¿Sienten ese hedor? —pregunto ya sin aguantarme. Las otras dos también lo huelen.

Al fin, quién sabe cómo, ni cuándo, llegamos a la Torre Eiffel y lo entiendo. Es todo. Todo lo que te prometen. Es la mujer más elegante, la musa de las novelas, una señora entrada en años que se viste de encaje y luces, dura como el metal, imponente, inolvidable. Nos quedamos un rato así admirándola. De repente, descubrimos la incógnita de dónde estaba toda la gente. Aquí no hay un espacio vacío. Los vendedores te empiezan a jalonear de un lado a otro, esto parece pleno centro de San Salvador un sábado a mediodía. Oigo todo tipo de idiomas conocidos y desconocidos. No podemos sacarnos una sola foto decente, primero porque estamos impresentables y segundo porque en las que logramos sacar, salen un montón de amigos de nadie. Por supuesto, el picnic demencial queda descartado.

Se nos acerca una mujer, es italiana. Ni siquiera intentamos entendernos, ella me pone los dedos en V y me señala una especie de tuk tuk. Dos. Señala un rótulo que dice Champs-Élysées ¿Dos euros? Nadie quiere seguir caminando. A mí que me lleven a donde quieran, pienso, que me lleve a su casa si quiere, pero que me lleve. Mis pies ya no pueden más. Nos subimos y nos da una manta para ponernos en las piernas, probablemenet la manta más sucia que he visto y no me importa. Ahí todo empieza a ir bien, vamos viendo la ciudad con tranquilidad, disfrutando del calorcito de la colcha, el vaivén del tuk tuk, el beneficio de no caminar, la gente nos señala y nosotros saludamos. Qué lindo estar de viaje.

Entonces llegamos a una cuesta, la italiana pedalea y pedalea, pero no avanza. Empieza a retroceder. Nos dice algo que no entendemos. Pedalea. Hace señas. Pedalea. Retrocedemos, retrocedemos, retrocedemos. Finalmente hace señas de que una debe bajarse. Nos miramos y nos reímos. Mi equipo querido me sacrifica, me bajo y empiezo a subir la cuesta, pero la italiana vuelve a pedalear y siguen retrocediendo. Hace señas de nuevo. Se baja mi hermana. Pedalea la italiana. Melissa tiene el peso de un zancudo, pero aun así no logran subir. Hace señas de nuevo. Se baja Melissa. La italiana sigue pedaleando, pero ni sola logra subir. Nos hace señas y en medio del frío, sin entender muy bien por qué, con dolor de pies, sin haber comido, empezamos a empujar entre las tres muertas de risa y de vergüenza. Ni las veía, porque si las veía me reía y si me reía no empujaba. La gente ahora nos señala más. Bienvenidas a París.

Superamos la cuesta y nos volvemos a subir para bajarnos inmediatamente, hemos llegado a Champs-Élysées. Estaba a la vuelta de la esquina. Todo es risas y diversión hasta que le pagamos los dos euros. Sonríe ahora la italiana. Niega con la cabeza. ¿Qué? Pregunto yo con el gesto. Me vuelve a hacer la V con los dedos. Dos. Sí, digo con la cabeza y le extiendo los dos euros. No, dice ella con la cabeza y saca un cartel —quién sabe de dónde— en el que dice veinte euros. ¿Veinte euros por empujar un tuk tuk? Me indigna, pero me resigno. Estoy cansada de tratar de hacerme entender. Le doy los veinte euros. No, dice de nuevo con la cabeza. ¿Ahora qué quiere esta mujer? Nos señala a cada una. Veinte euros cada una. Sesenta Euros, así, con mayúsculas. Me quedo pasmada, volteo a las otras y ya están dando sus veinte euros. Sale de escena la italiana.

Empezamos a caminar calladas. Y entonces, nos miramos. ¡¿20 EUROS CADA UNA?! ¡¿60 EUROS?! Y entonces sí, se me sale todo el francés que no había querido salir en todo el día.

—Niñas nos durmió—les digo.

—Qué estafada—dice Melissa.

—¿Y por qué le pagamos? Si nosotras empujamos —pregunta mi hermana.

Nos reímos, con esa risa histérica de no haber dormido, ni comido y que te duelen los pies. Ese tuk tuk fallido es lo más caro que pague en todo mi viaje a Europa. Yo me agarro el estómago de reírme tanto, la gente nos mira y se aparta, como si hubiéramos consumido sustancias.

Terminamos por disfrutar Champs-Élysées, aunque la risa nos vuelve cada tanto. Con comida y vino todo empieza a ser más digerible. Al final, es tarde y tenemos que regresar al hotel. Tenemos dudas si tomar un taxi porque si el tuk tuk costaba sesenta euros, empujado y ahí cerca, cuánto puede cobrar el taxista. Finalmente decidimos hacerlo, estamos muy cansadas. El taxista nos lleva hasta Montparnasse, nos deja frente al hotel y nos dice: Son ocho euros. Nos agarra la risa de nuevo y el taxista no entiende nada.

Entramos en la habitación y ponemos la tan anhelada calefacción. Con el calor, el olor desagradable empieza a surgir de nuevo. Abrimos las ventanas, entra el frío, pero no importa, alguien que saque este olor.

—Niñas, creo que es el queso.

Lo empezamos a pelotear de mano a mano como si fuera una papa caliente. Es un olor tan ofensivo como que te cacheteen. Sáquenlo, grito yo. Vamos a despertar a todo el hotel. Finalmente, Melissa toma el queso alejándolo de ella y lo saca a un basurero. No, no era París el que apestaba. Éramos nosotras cargando ese queso.

Ese fue mi primer día en París. Así nos conocimos, es que París es una ciudad huraña, estirada, una que te deja claro que no te quiere ahí, pero se va abriendo de a pocos, te deja agarrarle cariño de a pocos. Es un gusto adquirido, digamos. Estuvimos poco tiempo en París, sin embargo, el día que recuerdo con más cariño es en el que peor me la pase. El día que conocí al París huraño, pero aún así, muero por regresar a él.

Publicado por Katy Álvarez

Soy Escritora de El Salvador. Escribir alimenta mi corazón, la abogacía mi estómago. Viajo para llenarme de inspiración (y diversión)... Creo firmemente que no hay creación más maravillosa que los libros y que éstos tienen la capacidad de cambiar el mundo constantemente. Amo los perros (especialmente el mío: Chewie) y el mar es lugar en el que busco paz.

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