Casa Inhabitable

El día que llegué a la Casa Inhabitable había caminado mucho, el asfalto bullía bajo mis zapatillas con el calor acumulado. El sol me había seguido por muchas horas y la camiseta se me pegaba al cuerpo. Encontrar una casa así en esos parajes fue algo inesperado, sus altos muros de ladrillo rojo, su forma de mirarme desde dentro, como si en sus paredes habitara todo el confort que se había quedado en el largo camino que me condujo a ella. Nunca imaginamos que las cosas que nos cambian nos van a encontrar así, tan poco preparados. 

La casa me sonreía e invitaba, alargando hacia mí sus brazos, sus manos, sus dedos como un niño que pide que lo carguen, como si la que se acercara fuera ella y no yo, pero no, las casas no se mueven de lugar y esta no contrariaba su naturaleza estacionaria. Estuve dando vueltas alrededor de ella por un tiempo, preguntándome si era correcto estar ahí, anhelando entrar a un lugar que no era el mío. El camino que tenía que retomar volvía a mi mente como destellos de memoria, pero estaba ocupada esperando que alguien saliera y me invitara a quedarme. 

Quise entrar a la Casa Inhabitable, pero todas sus puertas estaban cerradas. Llamé a ellas hasta gastarme los nudillos y nadie respondió, pero ella seguía allí mirándome de nuevo, casi llegaba a invitarme a entrar, me pedía en ese silencio que la habitara, que llenara sus vacías paredes con mi incesante ruido, con mis canciones y mi voz, pedía que le diera continuidad a sus días, que pusiera flores en sus mesas, que colgara cuadros de sus muros para después pintarlos de todos los colores que yo eligiera. Que le diera vida. 

Me asomé a sus ventanas tratando que me dejara ver algo y a veces, juguetona me mostraba partes. En un baile de cortinajes podía a veces observar el fuego ardiendo en una chimenea, sus alfombras que alguna vez fueron mullidas y necesitaban una sacudida, otras veces no me gustaba lo que veía, era todo desorden, camas deshechas, platos que se apilaban en un fregadero, postergados como los planes que nunca ejecutamos. Símbolos inconfundibles de decadencia. 

La Casa Inhabitable se sentía como el final del camino, como si hubiera encontrado al fin un lugar donde descansar, si tan solo pudiera abrir sus puertas. Pero, no era más que una parada, un reposo temporal que haría difícil que encontrara el camino de nuevo para retomarlo, estaba tan cómoda ahí. La Casa Inhabitable era la historia intuida y no contada de todo lo que pudo ser. 

Después de algún tiempo, llegué a aceptar que la Casa Inhabitable no quería dejarme entrar, que no estaba en venta, ni alquiler, que no podía pertenecer ni cobijarme. Estaba cerrada con llave para el mundo, era una prisión de la vida que dejó de pasar en ella, los objetos regados de unos habitantes que no iban a volver pero que tampoco se fueron nunca. La Casa Inhabitable estaba también inhabitada, era un hermoso espejismo que el cansancio de un camino largo me hizo vislumbrar. Un lugar encantado a base de tragedias. La morada de alguien más.

Publicado por Katy Álvarez

Soy Escritora de El Salvador. Escribir alimenta mi corazón, la abogacía mi estómago. Viajo para llenarme de inspiración (y diversión)... Creo firmemente que no hay creación más maravillosa que los libros y que éstos tienen la capacidad de cambiar el mundo constantemente. Amo los perros (especialmente el mío: Chewie) y el mar es lugar en el que busco paz.

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