Caracol

Vaciar una casa es desvanecer un hogar. Yo pensaba que podía cargar el mío como un caracol, arrastrándolo como una protección en mi paso por el mundo, cargando con él en mi espalda con esfuerzo. El día que no lo tuviera me sentiría desvalida. Pero un hogar no es una casa y yo no soy un caracol. 

No nos llevamos los lugares que amamos cuando nos vamos, los recordamos. Sin embargo, nadie diría que revivir es lo mismo que vivir. La casa que yo amaba estaba llena de monstruos y fantasmas. De los dos, los que más miedo me daban eran los monstruos, esos que si te pueden lastimar. El monstruo que nos hizo abandonarla se llamaba Hipoteca. Un día al mes, cuándo llegábamos a la cuota, nos otorgaba una aparente tregua. En seguida, su juego macabro comenzaba de nuevo. 

Cuando el monstruo nos alcanzó, en la casa se quedó el fantasma de la cocina, ese que daba vuelta a los platos. El mismo al que le gruñía la perra que, aunque era brava, no entraba a la cocina en la noche. Ya no vamos a escuchar sus ecos, será él quien escuche nuestras resonancias: risas que rebotan en las paredes sin que nadie las atrape en el aire, pasos que trasladan polvo de una habitación a otra o que suben las escaleras, la radio de los domingos, el noticiero de las mañanas. Nuestros sonidos apagados ya solo los oye el fantasma. 

En el jardín también había magia: una flor blanca que dormía en el día y por la noche, se despertaba con una intensa fragancia. La misma que dejó de florecer el día que murió la perra que gruñía al fantasma. Todas estas cosas no las puedo meter en una caja. En las cajas metimos otras cosas: un montón de vasos disparejos; la armónica oxidada del abuelo que ya no toca notas, solo nostalgia; mis libros, esos que siempre me dijeron que ya no cabían, que mejor comprara libreras. Entre mis libros iba mi favorito: Lo que el viento se llevó. La historia de amor de una niña mimada por su hogar. Ahora soy yo la que no puede regresar a Tara. 

También hubo cosas que no se fueron en las cajas, ni en el camión, ni en ninguna parte. Las que dejamos atrás: la mesa de comedor descascarada por el calor de las ollas con la comida de mamá; las botellas de perfume vacías que nadie sabe por qué habíamos conservado; la lámpara de mil focos, papá siempre la estaba apagando para ahorrar energía; el colchón con el hoyo en medio que me hacía estar siempre con dolor de espalda. Tampoco iban la angustia por llegar a la cuota, los desvelos de papá pensando cómo iba a pagar la casa. Ya no había por qué preocuparse, porque ya no había casa. 

Pero, aunque la casa está vacía y dejó de ser nuestro hogar, sigue estando hechizada. Lo sé porque, cuando pasamos frente a ella y le damos un último vistazo, se convierte en un portal en el tiempo exclusivo para nosotros. Un portal que nos transporta con el vehículo de la memoria. 

Papá maneja derrotado, cree que nos ha fallado. Perdí la casa, se lee en sus ojos. Llegamos a la vivienda alquilada que no es la nuestra, esta no tiene historias, ni nuestro fantasma de la cocina, ni flores que se duerman en el día. Esta no es mi casa, pensamos todos. Se ha ido la seguridad de tener algo propio, de pertenecer a la casa, de que nos dejara sin necesidad de permisos, pintar sus paredes, agregarle habitaciones, tener otro perro. Papá se arrastra de una habitación a otra, como si buscara la suya, como si se le hubiera quedado perdido el hogar, como si nos hubiera dejado indefensos. Yo lo abrazo y no le digo nada, pero todo lo que quisiera decirle es que una casa no es un hogar y yo no soy un caracol.

Publicado por Katy Álvarez

Soy Escritora de El Salvador. Escribir alimenta mi corazón, la abogacía mi estómago. Viajo para llenarme de inspiración (y diversión)... Creo firmemente que no hay creación más maravillosa que los libros y que éstos tienen la capacidad de cambiar el mundo constantemente. Amo los perros (especialmente el mío: Chewie) y el mar es lugar en el que busco paz.

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